Los últimos acontecimientos de violencia en las escuelas de los Estados Unidos demuestran la interrelación entre la violencia que se vive en la casa y lo que ocurre en el colegio. Una vez más podemos afirmar que los roles de víctima y victimario, se rotan en la misma persona. El niño que es abusado en su hogar por padres y/o hermanos, llega al día siguiente a su clase  en búsqueda de una víctima. Las experiencias de violencia vividas  en el hogar, hacen que estos chicos reconozcan con facilidad sus propias características en el otro, y procedan  a acosarle.. Un ejemplo de ello lo leemos en el Miami Herald del 25 /10/2009 donde s el reportero cuenta que las familias de  los cinco jóvenes que participaron en la quema de un  joven estudiante de Deerfield Beach, presentan múltiples antecedentes de violencia doméstica y situaciones de abuso infantil.

Pero  además –para entender el fenómeno de la violencia escolar – debemos  definir con mucha claridad que es  bullying o acoso escolar.  Bullying  es  aquel acto de violencia que se ejerce entre estudiantes cuando se cumplen tres condiciones: que haya un desbalance de poder en la relación, que sea repetido y que tenga la deliberada intención de hacer daño. Pero además, en la óptica moderna del tema de acoso, se incluye  no solo al agresor,  y al agredido sino  a los testigos que presencian el acto. Estos últimos, que son la gran mayoría,  son invitados a asumir un rol activo que incline la balanza hacia quien está en desventaja.

Esta postura  sistémica parte de reconocer que el bullying,  como todos los demás actos de violencia sobre un individuo o grupo, está sostenido sobre la base de los prejuicios y la discriminación, hacia lo que es percibido como distinto o amenazante. Cualquier persona, puede ser – en un contexto especifico- víctima, victimario o testigo, según el lugar y momento en que ocurra la interacción. El  que habla con acento extranjero, el  único chico en la clase de baile, o la única chica del equipo de futbol, o el que usa anteojos, o el tímido, el gordo, el flaco, el mejor alumno, o quien tiene una orientación sexual diferente, todos ellos  pueden en determinados momentos asumir el rol de  victimas, victimarios o testigos  en la tragedia del  acoso.

 En este marco  de referencia, los hijos de  inmigrantes recientes,  podrían estar  en un riesgo mayor de convertirse en victimas o victimarios, por varias razones, entre ellas:

  • El desarraigo que  genera  el dejar atrás los referentes locales de familia, amigos, vecindario, y las  nuevas dificultades para desarrollar en el nuevo país, las mismas redes de soporte hacia la propia identidad.
  • El hecho de ser percibidos como diferentes y en algunas regiones como indeseables. Recordemos recientemente una imagen de un noticiero en California, donde un grupo de personas roció con  insecticida a unos trabajadores migratorios que marchaban en defensa de sus derechos laborales. O el incidente en Barcelona en el cual un hombre golpeo salvajemente con sus botas a una jovencita peruana que se dirigía al colegio en el metro, sin mediar ni una palabra.
  • Los hijos de inmigrantes con frecuencia desarrollan una tercera cultura,  ellos no son  peruanos, venezolanos o colombianos, pero tampoco son norteamericanos, son de una tercera cultura, que ellos definen en base a sus propias vivencias y experiencias. Y eso hace que sean percibidos como diferentes  por sus pares en la escuela.

Además de lo anterior los padres que son inmigrantes recientes no están al tanto de los derechos educativos de sus hijos, en su nuevo país de residencia,  por eso en el caso de necesidades especiales, pocos aprovechan las ventajas que el sistema educativo les ofrece. Tampoco están al tanto de que en los Estados Unidos pueden defender los derechos de sus hijos y someter a mediación los casos en los cuales el sistema escolar y los padres difieren  en cuanto al bienestar del estudiante  que es-o debería ser –  el interés primario para todos los involucrados. Y desde luego puede haber una barrera de idioma, que entorpezca la comunicación ente la casa y el colegio.

Nuestro trabajo – el de padres y maestros-   apunta a conseguir escuelas seguras, no porque tengan más policías o detectores de metales, sino porque en ellas haya una cultura de inclusión y respeto, en la cual los niños experimentan aceptación y confianza. Recordemos que las estadísticas de la Asociación de Psicólogos de Norteamérica hablan de que cada día más de 160.000 niños dejan de ir al colegio por miedo.  Ese mismo temor a  asistir al colegio explica muchos problemas de rendimiento y deserción. Pero en este mismo orden de ideas las escuelas deben tener programas conducentes a construir una auténtica comunidad de aprendizaje, a desarrollar vías de comunicación efectivas, a enseñar alternativas de resolución de conflictos y cooperación en lugar de competencia,   y esas iniciativas son las que producirán resultados.

Si como padre o madre  usted nota cambios en la conducta de sus hijos, disminución de las notas, ausencias sin justificación, poca actividad social entre pares, rechazo a actividades de educación física o desaparición de objetos deportivos, dinero, gorras deportivas  o  útiles escolares, trate de obtener información con sus hijo/a y acuda inmediatamente a  buscar  ayuda  en la escuela ya que por ley deben tener programas preventivos. Pero  converse también con el pediatra ya que la Asociación Norteamericana de Pediatras acaba de desarrollar un protocolo para todos sus miembros, a fin de incorporarlos a la prevención y tratamiento del acoso escolar, reconocido ya como un problema de salud pública.

Al agrupar los recursos en un enfoque interdisciplinario, el lema “cero tolerancia”  al abuso de los años ‘90, se desplazó a “cero indiferencia” en el siglo XXI.

Ana Tettner M.S.  Conflict Analysis and Resolution       

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