Siendo muy joven, la frase que llevaba como estandarte era: “La tierra es de todos”. Semejante comeflorismo me hacía pensar que no había fronteras, que las líneas divisorias eran un invento tal vez necesario para los conquistadores, para aquél que a caballo y con una lanza había sido entrenado con el fin de agrandar un reino. Pensé que esas hazañas correspondían al tiempo pasado y, hasta cierto punto, superado. Soñé entonces, repetidas veces, que las líneas divisorias habían permanecido por costumbre pero que no eran sino abstracciones no pocas veces equívocas. Supe más tarde, siendo inmigrante, que esas líneas representan la soberanía y la soberanía está íntimamente vinculada a la identidad. ¿Quién era yo, entonces, en un suelo en el que no nací? Una forastera, una extraña, una desconocida.

Supe, también, que ser extranjera no era solamente mudarse de país. Todo, absolutamente todo me delataba: el acento, el hablar muy alto o muy bajo, en fin, que era efectivamente diferente al colectivo del que quise formar parte (¿y quién no lo es?) De eso hace casi una década. El extranjero era bienvenido en Europa. Había trabajo; había motivos para ser bienvenido. Recuerdo aquella publicidad promovida por el Estado español, en la que se intentaba estimular la integración. En esa publicidad los inmigrantes latinoamericanos estaban presentes: haciendo labores de limpieza, vendiendo en un supermercado, vigilando a las puertas del metro o sonrientes bajo el implacable sol de la vendimia. Era esa la integración. Se intentaba, quizá, mostrar que los españoles debían mirar aquella oleada de extranjeros con buenos ojos, pues su mano de obra era necesaria. Y no dudo que, en aquella época, hayamos sido bienvenidos. La madre patria nos necesitaba, y Francia y Alemania…

Pero un día los índices bursátiles se desplomaron y se produjo la crisis económica mundial con aquello que se llamó la burbuja inmobiliaria. Las circunstancias cambiaron; ya no había motivos para la integración, ésta había perdido su sentido y pasamos de ser, de pronto, de necesarios a prescindibles; el extranjero que ya estaba enraizado comenzó a ser visto como el responsable de las penurias económicas de los nativos, y, aún cuando muchos tenían derechos de ser beneficiados con un sorteo estatal para adquirir una vivienda de protección social, por ejemplo, para muchos ya el extranjero no tenía derecho a nada, ni siquiera a permanecer en la tierra adoptiva. La inmigración necesaria terminó siendo, todavía hoy, la inmigración maldita.

¡Ay de aquellos países que no tuvieron inmigración alguna! ¿Quiénes serán los responsables de sus desdichas? Y si los inmigrantes llegamos a irnos todos, ¿saldrán a flote? ¿La recuperación será más rápida? ¿Qué está haciendo el Estado español o el francés o el inglés para mostrarles a sus ciudadanos que la integración es, ahora más que nunca, fundamental? ¿Les interesará, o acaso para la dirigencia política también somos un error; el pecado capital, la cura que se convirtió en epidemia?

Ahora, veinte años después, pienso que la tierra no es de nadie; asumo que esta conclusión puede ser análoga a mis sueños de juventud.

Autor: Léa Quipeló

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