¿Acaso no es común que al estar en suelo extranjero una soledad nos atraviese, una soledad que deviene desamparo, la cual, no pocas veces, sentimos que se quedará con nosotros para siempre? Una mala soledad, aclaro, porque hay muy buenas soledades, saludables, necesarias. Pero la soledad del extranjero es, con frecuencia, particularmente hostil pues su sombra ofrece cierto desabrigo que pacta con el desánimo. Sin embargo, siempre hay territorios que son neutrales; espacios en los que no se grita ni se reclama la posesión de una identidad; la oposición y la resistencia que todos debemos ser, casi mágicamente, desaparece de estos dominios. Me refiero al ámbito del arte.

Esta certeza me raptó en un concierto del –al menos para mí- infinito Leonard Cohen. Al llegar, todo el teatro habitado por una muchedumbre, ansiosa del poeta y cantante, hacía juego con las luces incandescentes que cubrían el techo y algunas paredes del recinto. Todos hablábamos con nuestros respectivos acompañantes; todos nos encontrábamos en la reafirmación del “yo” que queremos ser y poseer, todos teníamos un nombre y, también, una nacionalidad. Media hora más tarde, esas luces se apagaron y con ella los murmullos, las risas, el ruido. Al fondo una luz tenue iluminó los instrumentos y comenzaron los aplausos. Aparecieron entonces los integrantes de la banda y, por último, se incorporó la entrañable figura del gran Cohen cantando So long Marianne. A esas alturas ¿quién era quién? Todos éramos dulcemente despojados de nuestras identidades con cada canción, y aun cuando cada espectador vivía a su modo la actuación, no cabía duda de que el olvido de nosotros mismos se forjaba tras cada letra, tras cada acorde.

Frente al arte somos seres embrujados cuyas urgencias y necesidades, de pronto, desaparecen por un breve espacio de tiempo. Nuestras identidades palidecen, lo que no significa que seamos iguales; tampoco quiero sugerir que tengamos frente a la obra de arte algún poder, es ella la que, con una preciosa astucia, nos hurta de nosotros mismos adentrándonos a un espacio en el que todos somos extranjeros y cuya condición es aceptada, de manera unánime, con una sonrisa, una lágrima o un aplauso, o todo a la vez.

Existe una inmensa cantidad de trabajos filosóficos sobre este poder del arte. No quiero remitirlos a su estudio, sino recordar –sobre todo recordarme a mí misma- que cuando la mala soledad pretende adueñarse de nosotros, hay esferas que nos esperan, no para sanarnos de algún modo, pero sí para encontrar una tregua momentánea que nos vincula con la buena soledad y con el sano reconocimiento, aquél que nos señala que el semejante, por más que esté en su propia tierra, tiene la misma condición de extranjero que nosotros, así como la comprensión de que no hay colonizador, ni guerrero, ni conquistador que pueda arrebatarnos este espacio pues de él nadie puede erigirse como dueño y redentor: un libro, un concierto, un museo, un teatro, todos lugares que prometen un tipo de libertad, fugaz, sí, pero no por esto menos cierta.

Autor: Léa Quipeló

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