En 1985, durante un curso para dirigentes y posibles futuros dirigentes brasileños, en la Escuela Superior de Guerra de Brasil (equivalente al War College de los Estados Unidos), se me designó jefe de uno de los cuatro equipos de los 150 cursillistas. Bajo mi “comando” tuve, entre otros profesionales destacados, a jueces, generales, profesores y empresarios. Era responsable de coordinar los trabajos que debíamos entregar como grupo. Apenas cuatro días después de ser designada, una colega brasileña de familia muy rica, me esperó en la entrada y empezó a gritarme fuera de sí y a decirme que era completamente inconcebible que yo, una persona de otro país, fuese su “jefe de gobierno”. Tuve que echar mano a toda mi cordura para que el agravio me entrara por un oído y me saliera por el otro. Se presentó también otro episodio, el rumor de que yo era una espía de Rumania.

Claro. Nací en Rumania, apenas terminada la pesadilla nazi, y soy judía. Mis padres habían sobrevivido a los horribles años pasados en un campo de concentración. A los 6 años emigré a Israel. A los 9, a Venezuela. A los 18, a Brasil, que sería mi hogar definitivo. Cada mudanza me obligó a aprender un nuevo idioma y a adaptarme a un nuevo mundo.

Cuento esto para mostrar que ni el hecho de haber sido escogida por mi currículo y mis méritos fue un freno para aquella colega brasileña.

No hubo siempre flores en mi trayectoria. A pesar de dominar el portugués y haberme naturalizado como brasileña, a pesar de haber escrito discursos para figuras destacadas del escenario nacional, haber ocupado algunos cargos importantes y haber recibido medallas y de títulos honoríficos por mi trabajo en el Brasil, mi acento siempre me delata como alguien de afuera, alguien que “no es de los nuestros”.

Muchas veces el ghetto es el del propio habitante nativo, demasiado apoltronado en sus códigos. Un inmigrante con agallas puede transformar en favorable lo que, sin coraje, es desfavorable. Recuerdo, en un viaje, a la “encargada de desayunos” en un hotel cinco estrellas de Estocolmo. Ella, boliviana de origen, morena, delgadita, con una trenza que le llegaba a la cintura, orquestaba el desempeño de meseros suecos, rubios y altos. Se lo comenté. Ahora, para ustedes, formalizo su vivaz respuesta. ¿Cómo se hace para triunfar en un país de adopción?

  1. Tener entusiasmo por lo que hacemos, por lo que hacemos en general y en particular, las grandes cosas y las pequeñas. El entusiasmo es contagioso. Y uno admira a las personas entusiasmadas por lo que hacen.
  2. Actuar con seriedad y tratar de tener una personalidad amistosa y no conflictiva.
  3. Tratar de rodearse de personas honestas y valiosas, sin miedo a que el brillo de los demás nos opaque. Tener suficiente generosidad para darles el primer plano a los demás, cuando sea el caso. Y explicitarlo con palabras pero también con acciones concretas, sean colegas o amigos.
  4. Estudiar y aprender para poder actuar y hablar con seguridad y firmeza.
  5. Pensar en el otro es un factor decisivo para sentirnos mejores y hacer  nuestra vida más transcendente.

 

Mis experiencias me llevaron a escribir ¡Yo decido ser feliz!” donde trato de mostrar cómo influye la integración con familiares y amigos en nuestro bienestar. Es obvio que esa integración es más costosa para un inmigrante, cuya familia de origen suele estar lejos. Trabajar como voluntaria en organizaciones de ayuda a los más necesitados me ha permitido valorar más mis pequeñas conquistas y disfrutar mejor de las cosas buenas que me rodean. Además, vivir en una época donde la Internet y las redes sociales son parte de nuestro día-a-día, nos posibilita contactos con nuestros seres queridos a un costo muy bajo. Y eso es algo maravilloso, ya que apenas hace algunas décadas sólo los muy ricos podían tener  estas facilidades.

Autor:Mina Seinfeld de Carakushansky

Imagen: Google Images

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