Por esas coincidencias de la vida, dos amigos de la vieja Patria que habían emigrado hacía varios años a sitios diferentes y se mantenían en contacto gracias a los avances tecnológicos en comunicación, pero no se habían visto, se encontraron en una fresca tarde primaveral, de esas que se pueden ver ocasionalmente en Febrero en Miami. Luego de las emociones de poder abrazarse, verse las arrugas más de cerca y de rememorar el terruño que habían dejado, se sentaron a comparar sus experiencias inmigratorias: uno había emigrado a un país latinomericano que le recordaba a su pueblo natal y el otro a Estados Unidos, a una gran ciudad con características similares a las de la ciudad que ambos habían dejado. Ambos se sentían adaptados y contentos con lo que habían logrado. Verlos discutir amigablemente sobre como lograron su adaptación fue muy interesante; parecía una pelea de adolescentes, donde cada uno quería demostrar que era más “poderoso” que el otro.

El que se había mudado al país pequeño, lo enfocaba como haber logrado conquistar al ciudadano local, que al principio lo veía con mucha sospecha, que lo recibía pero sin ser abierto con él, siempre protegiendo su terruño, con esa ambivalencia de que “lo quiero, lo necesito pero me da miedo”, hablaba con placer de cómo logró reducir esas barreras con sus gustos similares a los locales, el gusto por los caballos, su capacidad de acercarse sin ser amenazante; ahora estaba orgulloso de formar parte de ellos como familia.

El que se mudó a Estados Unidos no se quedó atrás. Le relató a su amigo las dificultades que encontró para incorporarse a una sociedad anglosajona y como lo logró, lo beneficioso que fue para él el hecho de que la emigración desde su país hacia un mismo lugar fue “en bloque” (mucha gente se fue para allá) y pudo hacer un nicho de amigos que no había tenido antes; como se obligó a si mismo a cultivar relaciones (algo que antes no hacía) y las sorpresas agradables que tuvo al conocer gente nueva que pensaba que no le iban a gustar y se equivocó, y como esa apertura le permitió seguir conociendo más personas y especialmente americanos, que  fue incorporando dentro de sus grupos latinos. Le contó como hizo para conseguir un trabajo que le ocupara parte de su tiempo y lo contento que estaba por haberlo logrado. Le habló de la necesidad de adaptarse y acomodase a los nuevos retos de trabajar en una posición buena y agradable, aunque no fuera del mismo nivel de la que ambos habían tenido previamente.

Estos dos “adolescentes” en su manera de discutir fueron madurando a medida que seguían en su conversa; se veía como crecían emocionalmente en la discusión que culminó cuando ambos se preguntaron: ¿“qué le podemos decir al que va a salir?” y ambos al unísono dijeron: “tienes que emigrar con una mente suficientemente abierta que te permita experimentar y adaptar; que todo va a depender de la actitud con que te mudas, siempre tienes que dar ese primer paso, no debes esperar a que el otro lo dé  para acercarte”- parecían un coro sincronizado- “tú eres el interesado y los intentos tienen que venir de tu parte”, “el  título de doctor se quedó por allá, estás aterrizando desnudo…..”, “cultiva otros intereses fuera de tu trabajo”, “nunca digas yo antes era un abogado, ¿cómo puedo ponerme  a vender periódicos en el quiosquito de la esquina?” Y a medida que brotaban las frases se notaba más esa amistad de tantos años, esa compenetración que estaba en “HOLD” y que nunca se redujo o murió a pesar de todos los años de alejamiento. Ambos querían transmitir que emigrar no es fácil, no importa a cuál edad, y que proponérselo es una de las partes más importantes de ese proceso.  Con ese pensamiento se despidieron esos dos amigos, que emocionalmente estaban muy cerca y  esperaban verse en un futuro a pesar de la distancia física que los separa, seguros de que al encontrarse de nuevo podrían retomar ese momento y volverlo tan especial como en esta ocasión.

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