Este artículo busca traer a la palestra un problema, hablado en pequeños grupos, pero no discutido abiertamente, por lo delicado: “cuando los padres se transforman en un problema”.

¿Cómo puede ser ésto? ¿Cómo los padres pueden ser un problema? Además de todos los sentimientos que tenemos por ellos, de todo nuestro afecto, de lo que han hecho por nosotros, uno de los diez mandamientos nos inculca: “Honrarás a tu padre y a tu madre”. Pues como inmigrante, he observado que existe este problema.

A medida que las personas van envejeciendo, se vuelven más rutinarias, comen siempre a la misma hora, usan la misma ropa, casi no salen, sus contemporáneos van desapareciendo, y todo cambio es muy mal manejado produciendo, a veces crisis de grandes proporciones. Esto se magnifica cuando a una persona mayor se le plantea emigrar.

En el momento que se plantea la posibilidad de emigrar, no importa la razón ni el estrato socioeconómico al que se pertenece, surge la pregunta “¿Y mamá?, ¿Y papá? ¿Y los viejos? Qué hacemos con ellos?” Cuando se les plantea a ellos la idea de emigrar, existen algunos que dicen: “a donde tú vayas voy yo”, pero un número importante dice “yo de aquí no me muevo, aquí tengo mis cosas, mi casa, mis amigos”. Entonces la gran pregunta es ¿Qué hacer? Aparecen pensamientos muy diversos, por ejemplo: “Los dejo solos y me voy, no voy a perder mi vida por su terquedad”, ó “yo sin ellos no me voy, no los puedo dejar”. Esta realidad se ve más a menudo de lo que se imaginan. Con frecuencia la respuesta  a qué hacer está asociada a las necesidades de emigrar, y a medida que esta necesidad es mayor más complicada es la decisión, la mediación es menos factible, y ambas partes terminan cada una haciendo lo que quiere ó, en algunos casos, cuando la negociación se transforma en imposición, ambas partes están juntas, pero “amargadas”, unidas en una convivencia imposible, agrediéndose constantemente y con poca posibilidad de respiro; no hay manera de separarse, porque la imposición los ha llevado a estar “pegados”, los vuelve más dependientes.

El progenitor que se va con su hijo que emigra es positivo, pero genera otro tipo de situaciones. ¿Dónde se va a quedar y/o con quién? Si no tiene seguro médico ¿cómo  conseguirlo?, pero generalmente ese padre es colaborador, y eso permite avanzar más felizmente en el proceso y obtener lo que todos buscan: una nueva vida en paz y como familia.

Las soluciones para el progenitor que no quiere mudarse son siempre insatisfactorias, porque las alternativas no son muchas y bastante imperfectas: se deja a el/los padre(s) solo(s) en su casa, con un grupo de personas familiares y/o contratadas. Supuestamente se está tranquilo, pero siempre pendiente, y esto no deja cortar los vínculos con el lugar del que uno se marchó. Otros buscan instituciones que atienden a personas de la tercera edad; los latinoamericanos parece que rechazan activamente esta solución con frases como: “yo no estoy todavía para un ancianato”, “me quieres matar”, “si me metes allí, me mato”. Una solución para esto podría ser colocar en la misma residencia a dos o más personas con problemas similares para que convivan y colaboren entre ellas.

La solución no es sencilla ni única, pero existe y hay que encontrarla. Si creo que un error que se comete frecuentemente es dejar hasta el final este problema antes de pensar en una solución y me parece muy dañino, porque requiere de tiempo de preparación, especialmente tratándose de individuos de la tercera edad a quienes adaptarse al cambio les cuesta mucho.

Como ven, la idea era plantear el problema y sería interesante usar este blog para  discutir este problema y compartir historias de cómo diferentes inmigrantes lo solucionaron.

“The central struggle of parenthood is to let our hopes for our children outweigh our fears.”

Ellen Goodman

La lucha central del que es padre es dejar que nuestras esperanzas para nuestros hijos sobrepasen nuestros miedos.

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